La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Cuando sonaron las dos, todos parecimos recobrar en parte nuestro ánimo.
Las sombras que se habían cernido sobre nosotros en el transcurso de las largas horas anteriores parecieron disiparse de repente y todos nos dirigimos presurosos a nuestras respectivas tareas, rebosantes de entusiasmo. Primero examinamos las ventanas para comprobar que estuvieran cerradas, pues ahora la tormenta arreciaba con tal fuerza que temíamos que desbaratara nuestros planes, los cuales se basaban, precisamente, en un silencio absoluto. Después preparamos nuestras mascarillas para ponérnoslas cuando se acercara el momento. Habíamos decidido utilizarlas ya desde un principio, pues no sabíamos si surgiría algún vapor perjudicial cuando abriéramos el Cofre Mágico. Por lo visto, a ninguno de nosotros se le había ocurrido pensar que la cuestión de la apertura del cofre no estaba en modo alguno resuelta.
Después, bajo la guía de Margaret, trasladamos el cuerpo de la reina Tera, que se hallaba vestida todavía con sus ropajes nupciales, desde su habitación a la cueva.
Fue un extraño espectáculo en extrañas circunstancias. Un grupo de hombres silenciosos apartando de las velas encendidas y de las blancas flores aquella blanca e inmóvil figura cuyo aspecto, cuando a causa de nuestros movimientos, la túnica cayó hacia atrás, me hizo evocar de inmediato el de una estatua de mármol.