La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La depositamos en el sarcófago y colocamos sobre el pecho la mano cortada, pues era ahí donde debía estar. Debajo de ella pusimos la Joya de las Siete Estrellas que el señor Trelawny había sacado de la caja fuerte. Cuando la colocó en su sitio, la gema pareció despedir destellos deslumbradores. La intensa luz de las bombillas eléctricas iluminaba fríamente el gran sarcófago preparado para el experimento final, basado en las investigaciones de toda la vida de aquellos dos estudiosos que tanto habían viajado. Una vez más, el sorprendente parecido entre Margaret y la momia, intensificado por su inquietante palidez, acrecentó el extraño carácter de la situación.
Cuando finalmente todo estuvo preparado, habían transcurrido tres cuartos de hora, pues habíamos actuado con deliberada lentitud. Margaret me indicó con un gesto que me acercara, y ambos nos retiramos a su habitación. Allí hizo algo que me produjo una extraña emoción y me hizo comprender profundamente el desesperado carácter de la empresa en que nos habíamos embarcado. Una a una fue apagando cuidadosamente las velas y volvió a colocarlas en sus lugares acostumbrados. Al terminar, me dijo:
—¡Ya no sirven para nada! No importa lo que ocurra, la vida o la muerte, ahora de nada servirá que las utilicemos.