La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La enfermera, por otra parte, tenía una estatura algo menor que la mayoría de las mujeres. Era robusta y sus manos parecían fuertes y hábiles. El color de su tez semejaba el de las hojas secas en otoño. Su cabello, castaño claro, era espeso y largo, y sus ojos, pardos con reflejos dorados, centelleaban sobre la piel bronceada y salpicada de pecas. Las mejillas y los labios eran rojos y la intensa blancura de los dientes hacía resaltar su rubicundez. Tenía una nariz respingona, de esas que suelen revelar una personalidad generosa, incansable, tenaz. Su frente, blanca y ancha, señalaba que se trataba de una mujer decidida y racional.
El doctor Winchester, a su regreso al hospital, encontró a la enfermera, la hizo subir a su coche y, tras ponerla al corriente de la situación, le confió el cuidado del herido. Tras observar la nueva cama y ahuecar las almohadas, nos pidió que la ayudásemos a trasladarle a ella de inmediato.