La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —No alcanzo a entender la causa de este estupor. He efectuado un examen minucioso y estoy convencido de que no existe lesión cerebral, al menos externa. De hecho, todos sus órganos vitales parecen en excelentes condiciones. Ya le he suministrado alimento varias veces y, al parecer, le ha sentado bien. Su respiración es profunda y regular, y su pulso más lento y fuerte que esta mañana. Por otra parte, no he encontrado prueba alguna de que se le haya suministrado un narcótico, y su estado de inconsciencia tampoco se parece al sueño hipnótico, varios de cuyos casos he tenido ocasión de ver en el hospital Charcot, de París. En cuanto a esas heridas —añadió señalando la muñeca—, ignoro de qué modo se las habrán provocado. Tal vez hayan sido hechas por las púas de una máquina de cardar, pero es una suposición inverosímil. Quizá las haya infligido un animal salvaje que antes tuviese la precaución de afilarse las garras, lo que es asimismo imposible. Señorita Trelawny, ¿hay mascotas en la casa? Me refiero a algún animal inusual, como un cachorro de tigre o algo por el estilo.
—¡Oh, no! A mi padre no le gustan los animales, a menos que estén muertos y disecados. Incluso mi pobre gatito vive aquí bajo ciertas condiciones. Y a pesar de que se trata del animalito más manso y bueno del mundo, está terminantemente prohibido que entre en esta habitación.