La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Mientras hablaba se oyó un ligero roce en la puerta. La señorita Trelawny, cuyo rostro se iluminó, fue a abrir mientras exclamaba:
—¡Ya está aquÃ! Me refiero a Silvio. Se ha sentado sobre sus patas traseras y está rascando la puerta; siempre lo hace cuando quiere entrar en este cuarto. —La abrió y empezó a hablar con el gato, como si éste fuese un bebé—. ¿Buscas a tu mamaÃta? Entra, pero debes permanecer muy quietecito.
Tomó el gato en sus brazos y regresó a nuestro lado. Era, un efecto, un hermoso animal. Su pelo, largo y sedoso, revelaba que era de raza persa. A pesar de su mansedumbre, parecÃa muy altivo, y cuando abrió las garras para desperezarse, advertà que eran grandes y filosas. Mientras la señorita Trelawny lo acariciaba, el gato se revolvió de pronto como una anguila y saltó de sus brazos. Cruzó corriendo la estancia y se detuvo delante de una mesa baja en la que habÃa la momia de un animal. Silvio empezó a bufar y a gruñir. La joven volvió a cogerlo. El gato se resistió, pero en ningún momento arañó a su ama, a quien era evidente que querÃa. Ella lo alejó de allà y con tono admonitorio le dijo:
—¡Eres un gatito malo! Me has hecho quedar en ridÃculo. Ahora da las buenas noches a estos caballeros y vamos a la habitación de tu mamaÃta.