La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Quizá se trate de un gato —dijo el doctor mientras se ponÃa en pie para examinar la momia más de cerca—. Sà —añadió—, es de un gato, y muy bonito, por cierto. Si no hubiese sido la mascota favorita de alguna persona de rango elevado, no habrÃa recibido tan alto honor. Observen. Está dentro de una caja pintada y sus ojos son de obsidiana, como en las momias humanas. Es verdaderamente extraordinario que aun asà los animales se reconozcan. He aquà un gato muerto, quizá desde hace tres mil o cuatro mil años, y otro gato de distinta raza, en un mundo prácticamente diferente, lo ataca como si estuviera vivo. Si me lo permite usted, señorita Trelawny, me gustarÃa hacer un experimento con su gato. —Ante el silencioso asentimiento de la joven, el doctor Winchester añadió—: Por supuesto, le prometo que Silvio no sufrirá daño alguno. Más bien será el otro gato de quien deberemos compadecernos.
—¿A qué se refiere? —preguntó la señorita Trelawny.
—No se alarme usted, se lo ruego. El gato momificado de su padre tampoco sufrirá ningún daño. Tengo la intención de traer la momia de otro gato y reemplazarla por ésta, siempre que usted me deje violar momentáneamente las instrucciones de su padre, desde luego. Asà sabremos si Silvio siente antipatÃa hacia los gatos momificados en general, o sólo hacia éste en particular.