La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El razonamiento era irrefutable, sobre todo para un abogado como yo, que estaba acostumbrado a enfrentarme a un tribunal. Me alegré de que el gato no estuviese relacionado con el ataque, tal vez porque era la mascota de la señorita Trelawny, que lo apreciaba mucho.
—¡Inocente! —exclamó el doctor Winchester con tono humorÃstico—. Además, pido disculpas a Silvio, aunque todavÃa ignoro por qué le irrita tanto esa momia. ¿Hay otras momias en la casa con las cuales se comporte del mismo modo? Imagino que debe de haber muchas; he visto algunas en el vestÃbulo al llegar.
—SÃ, hay muchas —contestó la joven—, hasta el punto que en ocasiones tengo la impresión de vivir en el Museo Británico. Pero Silvio no les da importancia, a excepción de ésta, claro, tal vez porque no es de una persona sino de un animal.