La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —HabrÃa sido mejor que Silvio no faltase a su palabra.
Todos guardamos silencio. Finalmente, la señorita Trelawny dijo:
—Pero anoche Silvio no estuvo en esta habitación.
—¿Está usted segura? Si fuese necesario, ¿podrÃa demostrarlo?
—Estoy segura, aunque resultarÃa difÃcil de probar. Silvio duerme en mi habitación, en un cesto. Recuerdo que anoche lo vi acostarse en él, como de costumbre, y lo cubrà con una pequeña manta. Esta mañana yo misma lo saqué del cesto. Además, no lo vi por aquÃ, pero tal vez eso se deba a que estaba tan preocupada por la salud de mi padre que no reparé en su presencia.
—Bien, por ahora no hay necesidad de probar nada —dijo el doctor con cierto tono de preocupación—. Además, cualquier gato puede limpiarse la sangre que tenga en las uñas, si la tiene, en apenas unos segundos.
Se hizo el silencio, que nuevamente fue roto por la señorita Trelawny.
—Ahora que pienso mejor en ello, es del todo imposible que Silvio sea el responsable de esas heridas. Cuando oà el primer ruido, tanto la puerta de mi habitación como la de mi padre estaban cerradas. Al entrar aquÃ, la herida ya habÃa sido infligida, de modo que no pudo ser obra de Silvio, ya que no tuvo tiempo de huir.