La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El doctor Winchester permaneció en silencio. Se sentó muy derecho, y por su expresión grave, que indicaba una evidente preocupación, comprendí que el caso en el que ahora me hallaba envuelto era mucho más extraño de lo que había imaginado. La conciencia de este hecho comenzó a arraigar en mí. El cuarto, y todo lo que en él había, era extraordinariamente misterioso. Estaba lleno de antiguas reliquias procedentes de lugares remotos. Las momias y objetos relacionados con ellas que nos rodeaban parecían despedir todavía un olor penetrante a betún, resinas y especias —bálsamos de nardos, entre otros—, de modo que nos sentíamos transportados a tiempos pasados. La habitación estaba apenas iluminada; no había ninguna fuente de luz que pudiese sugerir la presencia de alguna clase de poder o ente. La estancia era espaciosa, de techos elevados. En los rincones había sombras difusas. De pronto, la presencia de la muerte y el pasado se hizo tan intensa en mí, que me sorprendí mirando en torno en busca de un ser o una influencia extraños. Ni siquiera me tranquilizó el que la señorita Trelawny y el doctor Winchester estuvieran allí. Reparé entonces en la enfermera Kennedy, cuya confianza en sí misma y su capacidad profesional añadían un elemento de seguridad del que yo carecía en esos momentos. Comencé a tejer fantasías en torno al hombre herido que yacía en la cama; de algún modo, me había incluido en sus asuntos… Pero la presencia de la enfermera me infundió ánimos. Aquélla era la habitación de un hombre enfermo, y las sombras dejaron de parecerme inquietantes. Sin embargo, aquel extraño aroma egipcio, persistía. No importa cuán encerrada esté una momia, siempre despide un olor particular. Uno podría pensar que tres mil o cuatro mil años bastarían para acabar con él, pero la experiencia me ha enseñado que no es así, y que su secreto permanece oculto para nosotros.