La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me enderecé en la silla; era evidente que aquel olor estaba afectando mis nervios, incluso mi memoria y mi voluntad. Y de pronto se me ocurrió una idea, que casi podía calificarse de inspiración. Si yo sentía tanto la influencia de aquel olor, ¿no era posible acaso que el señor Trelawny, que durante muchos años había pasado largas horas en aquel lugar se hubiese visto afectado, lentamente, hasta el punto de…?
De nuevo volví a sumirme en mis reflexiones y comprendí que era imposible. Debía tomar las precauciones necesarias para permanecer despierto y a salvo de toda influencia extraña. La noche anterior sólo había dormido unas horas y era imprescindible que permaneciera lúcido. Sin comunicar mi intención a nadie, para no inquietar aún más a la señorita Trelawny, salí de la habitación, bajé por las escaleras y abandoné la casa. No tardé en encontrar una farmacia, donde adquirí una mascarilla de oxígeno. Cuando regresé a la casa, ya eran las diez de la noche. El doctor Winchester se disponía a marcharse. La enfermera lo acompañó hasta la puerta de la habitación a fin de que le diese las últimas instrucciones. La señorita Trelawny estaba sentada al lado de la cama, y el sargento Daw, que acababa de llegar, se hallaba cerca de ella.