La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Cuando la enfermera Kennedy se reunió con nosotros dispusimos que permanecería de guardia hasta las dos de la madrugada, hora en que la relevaría la señorita Trelawny. Así, de acuerdo con las instrucciones del padre de ésta, en todo momento habría un hombre y una mujer en la estancia, y puesto que las guardias sólo se relevarían por mitades, los guardianes nunca serían nuevos, evitando así la posibilidad de que algo extraño ocurriera. Fui a tenderme en el sofá de la habitación que habían dispuesto para mí, no sin antes ordenar a un sirviente que me llamase poco antes de las doce. Al cabo de unos minutos, estaba profundamente dormido.
Al despertar tardé unos instantes en darme cuenta de dónde estaba, pero aquel breve descanso me hizo mucho bien, y me ayudó a ver las cosas bajo una luz más clara que por la tarde. Me lavé la cara y me dirigí hacia la habitación del enfermo. Entré procurando no hacer ruido. La enfermera estaba sentada al lado de la cama, inmóvil y alerta. El sargento Daw se había acomodado en un sillón, al otro lado de la estancia, sumido en la sombra. No se movió cuando me acerqué a él, y me dijo en voz baja:
—No hay novedad.
Contesté que su turno de guardia había finalizado y que podía acostarse hasta las seis, lo que al parecer le satisfizo mucho. Antes de marcharse, se volvió hacia mí y susurró: