La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Tengo el sueño ligero y nunca me separo de mis pistolas. Cuando salga de aquí y no respire esta atmósfera, me sentiré más despejado.
Al parecer, él también había sido víctima de aquella extraña somnolencia.
Pregunté a la enfermera si necesitaba algo, y observé que en su regazo tenía un frasco lleno de vinagre. Comprendí de inmediato que también ella había sentido los efectos del olor que reinaba en la estancia. Contestó que no precisaba nada, pero que en caso contrario ya me lo comunicaría. Yo no quería que se fijase en mi mascarilla, de modo que fui a sentarme en el sillón que estaba a sus espaldas, al abrigo de las sombras. Allí me puse la mascarilla y me retrepé cómodamente.
Durante largo rato me entregué a mis pensamientos, reflexionando acerca de los acontecimientos de aquel día. De pronto, percibí otra vez aquel olor egipcio, aunque no tan fuerte como antes. La mascarilla de oxígeno había resultado útil después de todo.
Traté que ningún pensamiento inquietante ocupase mi mente, y si bien no recuerdo que me hubiese dormido ni que súbitamente despertara de un letargo, el caso es que tuve una visión, o tal vez un sueño, no sabría decirlo.