La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Yo permanecía en la misma habitación, sentado en el mismo sillón. Llevaba puesta la mascarilla y me di cuenta de que respiraba muy bien. La enfermera seguía en el mismo lugar, dándome la espalda. El herido estaba tan quieto como un muerto. El silencio era absoluto. Podía oír, a lo lejos, los ruidos de la ciudad, el ocasional traqueteo de mi coche, el grito de un juerguista, y el eco de los trenes al pasar. La luz de la lámpara era mortecina y más que alumbrar atenuaba la oscuridad. La luz de la luna hacía que la pantalla de seda verde de la lámpara semejase una esmeralda. La habitación estaba poblada de sombras que parecían moverse delante de las ventanas. Me pareció percibir un sonido muy débil, como el maullido de un gato, seguido del roce de una tela y el leve choque de dos objetos de metal. Yo estaba prácticamente en trance. Por fin, como en una pesadilla, me di cuenta de que estaba dormido y de que ya no era dueño de mis actos.
Súbitamente oí un grito agudo y una luz intensa inundó la estancia. No era un grito, sino el disparo de una pistola, seguido inmediatamente de otro. Cuando volví a abrir los ojos, lo que vi delante de mí me horrorizó.