La Joya de las siete estrellas

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Creo que me había dormido y que aquello, lo que quiera que fuese, que ejerció su efecto sobre el señor Trelawny, la enfermera y, en menor medida, el sargento Daw, no me había perjudicado. Sin duda esto se había debido a la mascarilla de oxígeno, pero aun así no pude evitar los desgraciados acontecimientos cuyos resultados tenía ante mis ojos. Ahora comprendo el espanto que debió de causar mi aspecto. La mascarilla me cubría la boca y la nariz, y mi cabello estaba revuelto. Era natural que al verme todos se horrorizaran más de lo que estaban. Afortunadamente, me di cuenta a tiempo de evitar males mayores, porque Daw, a pesar de estar medio dormido, me apuntó con su pistola y se disponía a disparar, en el instante en que me quité la mascarilla y le pedí a voz en cuello que se detuviera. Él obró maquinalmente, pero finalmente eludí el peligro. El final de aquella tensa situación llegó de manera tan simple como inesperada. La señora Grant, al advertir que su ama sólo llevaba puesto un camisón, fue en busca de una bata y se la puso sobre los hombros. Este sencillo acto nos devolvió a todos la presencia de ánimo. Tras soltar un suspiro de alivio, fijamos nuestra atención en lo que era más urgente, esto es, detener la hemorragia del señor Trelawny. Esto último me alegró, pues era señal de que el herido no había muerto.



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