La Joya de las siete estrellas

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La lección de la noche anterior no había sido inútil. Todos los presentes sabíamos ya cómo actuar en semejante emergencia, y al cabo de pocos segundos hicimos un torniquete, tras lo cual se envió un criado en busca del doctor, mientras los demás sirvientes regresaban a sus habitaciones, para vestirse adecuadamente.

Tendimos al señor Trelawny en el sofá donde había yacido la noche anterior y, en cuanto hicimos por él todo lo posible, volvimos nuestra atención hacia la enfermera. A pesar de tanta agitación, no se había movido, sino que seguía allí, sentada y rígida, respirando suavemente, con una plácida sonrisa en el rostro. Estaba claro que era imposible hacer nada por ella hasta que llegase el doctor Winchester.

Entretanto, la señora Grant se llevó a su ama y la ayudó a cambiarse de ropa. Al cabo de un rato, la señorita Trelawny regresó con salto de cama y pantuflas, y las manos limpias de sangre. Se la veía mucho más serena, aunque temblaba y estaba blanca como el papel. Tras observar la muñeca de su padre mientras yo sostenía el torniquete, miró a todos los que nos hallábamos en la estancia, uno a uno, pero no pareció encontrar consuelo en ello. Esto fue tan evidente para mí, que a fin de reconfortarla, le dije:

—Ya me encuentro bien. Me había quedado dormido, eso es todo.


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