La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¿Que se quedó dormido mientras la vida de mi padre corrÃa peligro? —exclamó con tono de reproche—. Creà que estaba vigilándolo.
Comprendà su indignación, pero como querÃa ayudarla, contesté:
—Sólo estaba dormido. Ya sé que he hecho mal, pero en este lugar ocurren cosas muy extrañas. Y si no hubiera tomado ciertas precauciones, lo más probable es que ahora me encontrase como la enfermera.
Ella volvió rápidamente la mirada hacia la señorita Kennedy, que semejaba una estatua, y dijo:
—Le ruego que me perdone. No era mi intención ofenderlo. Pero tengo tanto miedo que ya no sé lo que digo. ¡Es espantoso! A cada instante temo que suceda algo horrible y misterioso.
Aquel comentario me impresionó profundamente, y contesté:
—No se preocupe usted por mÃ, porque no lo merezco. DebÃa vigilar y, no obstante, dejé que el sueño me venciera. La única excusa que puedo dar es que no era mi intención hacerlo, y que intenté evitarlo con todas mis fuerzas, pero me fue imposible. De todos modos, lo hecho, hecho está. Quizás algún dÃa todos logremos entender lo que ocurre. Entretanto, procuremos tener alguna idea de ello. DÃgame todo lo que recuerde.
Mi petición pareció estimularla, y ya más serena, contestó: