La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Yo estaba dormida, y de repente desperté con el espantoso presentimiento de que mi padre se hallaba en peligro. Me levanté de un salto y entré en la habitación. Todo estaba muy oscuro, pero, aun asÃ, al abrir la puerta distinguà a mi padre tendido en el suelo, delante de la caja de caudales, como la vez anterior. Por un instante debo de haber perdido el juicio.
Se estremeció y yo miré a Daw, que todavÃa empuñaba la pistola. Sin soltar el torniquete, susurré:
—Ahora, sargento, dÃganos, por favor, contra quién disparó.
El policÃa, acostumbrado a obedecer, hizo un esfuerzo por responder, pero al advertir la presencia de los criados, observó con la actitud propia de un agente de la ley delante de extraños:
—Quizá serÃa mejor, señor, que permitiésemos marcharse a la servidumbre.
Asentà en señal de conformidad y los criados se apresuraron a salir, aunque de mala gana. El sargento comenzó a explicarse: