La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Creo que será mejor que en lugar de hablar de mis actos hable de mis impresiones. Me dormà a medio vestir, tal como ahora me ve, con una pistola debajo de la almohada. Esto es lo último que recuerdo. No tengo ni idea del tiempo que pasó. HabÃa apagado la luz y, de pronto, me pareció oÃr un grito; sin embargo, no estoy seguro, pues aún no habÃa despertado por completo. De inmediato pensé en la pistola. La cogÃ, salà de la habitación y, al advertir que alguien pedÃa auxilio, entré aquÃ. La estancia estaba a oscuras, pues la lámpara que hay al lado de la enfermera se habÃa apagado, y la única luz entraba por la puerta, procedente del pasillo. La señorita Trelawny estaba arrodillada en el suelo, junto a su padre, y gritaba. Me pareció ver que algo se movÃa delante de la ventana y, sin pensarlo bien, y aún despierto a medias, apreté el gatillo. La cosa aquella se desplazó hacia la derecha, entre donde yo estaba y la ventana, y disparé de nuevo. Entonces usted se levantó del sillón, y como no lo reconocÃ, pues llevaba puesta la mascarilla, estuve a punto de pegarle un tiro.
—¿Significa eso que me confundió con esa cosa contra la cual disparó? ¿Qué era?
El sargento sacudió la cabeza, pero no respondió.
—Vamos, hombre —insist×. ¿De qué cree usted que se trataba?