La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —No tengo ni idea, señor. Tal vez fuesen imaginaciones mÃas; al fin y al cabo ya le he dicho que estaba a medias despierto. Además, mi último pensamiento antes de quedarme dormido se referÃa a la pistola… Espero que lo tenga presente en el futuro, señor.
Aquél era su modo de excusarse. Yo no querÃa discutir con él; por el contrario, querÃa tenerlo de nuestro lado. Por otra parte, no podÃa olvidar que a mà también me habÃa vencido el sueño, de modo que, con tono amigable, dije:
—Muy bien, sargento. Su reacción ha sido perfectamente lógica. No debemos olvidar la extraña influencia que esta habitación ha ejercido sobre la enfermera y sobre mà mismo, de modo que comprendo que no fuese totalmente consciente de sus actos. Pero ahora veamos dónde estaba usted y dónde me sentaba yo. De ese modo podremos determinar la dirección de las balas.
La idea de encarar una tarea pareció animarlo; sin duda se trataba de un hombre acostumbrado a la acción.
Pedà a la señora Grant que se encargara de sujetar el torniquete, fui a ubicarme donde el sargento me indicaba y miré hacia el lugar que señalaba.