La Joya de las siete estrellas

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Cuando me explicó en qué lugar exactamente se había detenido y había apuntado con la pistola, comprendí de inmediato que su mente funcionaba como un mecanismo de precisión. El sillón que yo había ocupado aún seguía en su lugar. Entonces le pedí a Daw que sólo me apuntara con el dedo, y me acerqué al lugar siguiendo la trayectoria del proyectil.

Justo detrás de mi sillón había una vitrina alta, el cristal de cuya puerta estaba roto.

—¿Esto lo hizo con el primer tiro o con el segundo?

—Con el segundo, señor, porque el primero fue hacia allá.

Se volvió un poco hacia la izquierda, en dirección al lugar en que estaba la caja fuerte. Siguiendo el movimiento de su mano, me acerqué a la mesa baja, donde, entre otras curiosidades, se hallaba el gato momificado que había despertado las iras de Silvio. Cogí una lámpara y no me costó encontrar la señal de la bala. Había roto un pequeño vaso de cristal y una taza de basalto negro exquisitamente grabada con jeroglíficos. Las líneas del grabado estaban llenas de una especie de cemento verde, y todo el objeto había sido pulimentado, de manera que su superficie era completamente lisa. La bala, que había quedado aplastada al impactar contra la pared, se encontraba encima de la mesa.


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