La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Una vez más, el buen juicio de mi hombrÃa y la experiencia que me habÃan dado los años se pusieron al servicio de la joven, como si mi yo obedeciera una orden perentoria. Una vez más se multiplicaron los segundos, infinitos y fugitivos. Pues es en el misterio de los sueños donde la existencia emerge y se renueva, cambia y permanece inalterada, como el alma de un músico al interpretar una fuga. Y asà la memoria se perdÃa en el recuerdo siempre que me sumÃa en el sueño.
Aun en el Edén la serpiente levanta la cabeza entre las ramas bajas del árbol de la SabidurÃa. El silencio de la noche sin sueños es roto por el fragor del alud; el siseo de súbitos torrentes; el sonido metálico de la campana de la locomotora interrumpiendo el descanso de un poblado en América; el rumor de distantes chapoteos en el mar… Lo que quiera que sea, está rompiendo el encanto de mi Edén. El dosel del bosque por encima de nosotros, punteado de luz diamantina, parece temblar en el incesante batir de la rueda de paletas, y la intranquila campana sigue sonando, como si no quisiera descansar…
Pero nunca existe el descanso perfecto. De pronto, las puertas del sueño se abrieron de par en par y mis oÃdos percibieron la causa de aquel sonido perturbador. Las horas de vigilia son demasiado prosaicas, y en la calle habÃa alguien llamando a alguna puerta.
