La Joya de las siete estrellas

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En mis habitaciones de la calle Jermyan estaba acostumbrado a esa clase de sonidos; por lo general, estuviese dormido o despierto, los ruidos que hicieran mis vecinos no me inquietaban, por fuertes que fueran. Pero este ruido era demasiado continuo e insistente para que no le hiciese caso. Detrás de él había una especie de inteligencia activa. Sin motivo alguno ni premeditación, me levanté. Instintivamente miré el reloj; eran las tres de la madrugada y el leve resplandor de la aurora ya iluminaba mi cuarto. Era evidente que quien llamase estaba haciéndolo a la puerta principal de nuestra casa, y era evidente, también, que nadie estaba despierto para atender la llamada. Me puse la bata y las pantuflas y fui al vestíbulo.

Al abrir la puerta principal vi a un elegante lacayo, que con una mano seguía oprimiendo el timbre mientras con la otra golpeaba el aldabón. En cuanto me vio, dejó de hacerlo. Se llevó una mano a la visera de la gorra y tendió la otra para entregarme una carta. Ante la puerta vi un elegante coche tirado por caballos. Un policía con la linterna aún encendida atada al cinturón, se acercó atraído por el ruido.

—Le pido perdón, señor, por haberlo molestado, pero tenía órdenes precisas. Además, me han dicho que no perdiese un instante y que no dejase de llamar a la puerta hasta que alguien abriese. ¿Vive aquí el señor Malcolm Ross?


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