La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Y, al notar que todos negábamos con la cabeza, procedió a curar al señor Trelawny. Por un instante miró a la enfermera, que permanecía completamente inmóvil, pero hasta que hubo ligado las arterias y curado por completo la herida, no volvió a hablar, salvo para pedirnos que hiciéramos alguna cosa. Una vez que hubo terminado, se volvió hacia la señorita Trelawny, e inquirió:
—¿Qué puede decirme del estado de la señorita Kennedy?
—Nada en absoluto. Cuando a las dos y media de la madrugada entré en la habitación, la encontré tal como la ve ahora. No la hemos movido. Ni siquiera la sobresaltaron los disparos efectuados por el sargento.
—¡Disparos! ¿Acaso han descubierto al responsable de este nuevo ataque?
Todos guardaron silencio, excepto yo, que respondí: