La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —No hemos descubierto nada. Yo estaba aquÃ, vigilando, con la enfermera. Por la tarde descubrà que el olor de las momias provocaba en mà una extraña somnolencia, de modo que compré una mascarilla de oxÃgeno. Aun asÃ, no pude evitar quedarme dormido. Cuando desperté, la habitación estaba llena de gente, incluidos la señorita Trelawny, el sargento Daw y los criados. La enfermera permanecÃa sentada en su sillón. El sargento, todavÃa medio dormido, y bajo los efectos de ese efluvio misterioso, imaginó que habÃa un intruso en la estancia y disparó por dos veces. Cuando me puse en pie, como aún llevaba puesta la mascarilla, me tomó por quien, evidentemente, no era. Se disponÃa a pegarme un tiro, pero por fortuna me identifiqué a tiempo. El señor Trelawny estaba en el suelo, delante de la caja de caudales, tal como lo encontramos la noche anterior, y sangraba abundantemente por una nueva herida abierta en la muñeca. Lo trasladamos al sofá e improvisamos un torniquete. Lo que acabo de referirle es, literalmente, todo lo que sabemos. No hemos tocado el cuchillo, cuya punta, como podrá observar, está cubierta de sangre.
El doctor Winchester reflexionó por un instante y al fin dijo:
—De modo que por el momento el asunto sigue envuelto en el misterio más absoluto.
—Asà es —contesté.