La Joya de las siete estrellas

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Aquel día transcurrió entre la ansiedad de todos. Al caer la noche, la enfermera Kennedy mejoró hasta el punto de que ya no se observaba rigidez alguna en sus miembros. Su respiración seguía siendo lenta y regular, pero la inexpresividad de su rostro desapareció, y ahora parecía dormir plácidamente. El doctor Winchester regresó por la tarde con otras dos enfermeras, una de las cuales tenía que cuidar a la señorita Kennedy mientras la otra hacía lo propio con el señor Trelawny. Por la tarde habían echado una siesta para hacerse cargo de las guardias nocturnas. Decidimos que la señora Grant montaría guardia hasta las doce, hora en que la relevaría la señorita Trelawny. La nueva enfermera permanecería en la habitación de esta última, y cada cuarto de hora iría a ver cómo iban las cosas en la habitación del enfermo. El doctor también se quedaría hasta las doce, y yo ocuparía su puesto. Uno u otro de los policías permanecería toda la noche cerca de la habitación, que visitaría periódicamente para asegurarse de que no se habían producido novedades. De ese modo se vigilaría a quienes montaban guardia y se evitaría la posibilidad de sucesos semejantes a los de la noche anterior.





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