La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me resigné, y él procedió a curarme la mano, no sin antes examinar los arañazos con una lupa. Una vez que hubo hecho esto, los comparó con las señales impresas en el papel secante por las garras de Silvio. Volvió a guardar el papel en el bolsillo y dijo:
—Es una lástima que Silvio vaya por ahí sin control alguno.
La mañana transcurrió lentamente. Hacia las diez, la señorita Kennedy estaba tan repuesta que fue capaz de sentarse y hablar de manera coherente, pero aún parecía un poco confusa y no lograba recordar nada de lo sucedido la noche anterior.
Eran casi las doce cuando el doctor Winchester regresó acompañado de sir James Frere. Cuando los vi en el vestíbulo, por algún motivo me sentí intranquilo; sabía que a la señorita Trelawny le angustiaba el que otra persona supiera que lo ignoraba prácticamente todo acerca de su padre.