La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El señor Marvin me miró y, con aire de hombre de negocios experimentado, observó:
—No estamos solos.
—Yo misma he pedido al señor Ross que asistiera a esta entrevista —contestó la señorita Trelawny—. Está al corriente de todo, y deseo que conozca algo más.
—Pero, mi querida señorita, los deseos de su padre… La confianza que se deben un padre y su hija…
—¿Cree usted que en las presentes circunstancias eso tiene algún sentido? —dijo la joven, con las mejillas encendidas—. Mi padre nunca me hablaba de sus asuntos. Y ahora sólo puedo enterarme de su voluntad por medio de un caballero a quien no conozco y cuya existencia ignoraba antes de leer la carta que me dejó. El señor Ross goza de mi más absoluta confianza, aun cuando es un amigo reciente, y quiero que sea testigo de esta conversación, a menos, desde luego, que mi padre lo prohÃba. —Hizo una pausa y luego añadió—: Le ruego que no me considere descortés por las palabras que acabo de pronunciar, pero me encuentro en un estado de ansiedad tal, que casi no sé lo que digo.
La señorita Trelawny se llevó una mano a la cara. El señor Marvin y yo nos miramos y permanecimos en silencio. Tras unos segundos, ella pareció reponerse, y con tono firme, prosiguió: