La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Ahora —prosiguió la señorita Trelawny al cabo de un instante—, si todos los especialistas son como sir James Frere, renuncio a ellos. Además, no parece saber más que usted sobre el motivo por el cual mi padre se encuentra asÃ, y no se muestra ni la centésima parte de interesado. Por supuesto, deseo lo mejor para mi padre, y preferirÃa poder actuar libremente. Me comunicaré con el señor Marvin y le pediré que venga; deseo saber hasta dónde llegan los deseos de mi padre. Si en su opinión soy libre de actuar como mejor me parezca y bajo mi responsabilidad, ni dudaré en hacerlo.
El doctor Winchester se marchó y la señorita Trelawny procedió a escribir una carta al procurador, informándole de lo que ocurrÃa y solicitándole que fuese a su casa trayendo todos los documentos que pudiesen arrojar alguna luz sobre el asunto en cuestión. Envió la misiva, junto con un coche para traer al señor Marvin, y a continuación nos dispusimos a aguardar que éste llegase.
Aun cuando el procurador tardó menos de una hora en presentarse, el tiempo se nos hizo extraordinariamente largo. El señor Marvin se puso al corriente de la enfermedad del señor Trelawny, y, volviéndose hacia la hija de éste, dijo:
—En cuanto esté usted dispuesta, le daré ciertos detalles referentes a los deseos de su padre.
—Cuando usted quiera —contestó ella.