La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aquello era absurdo, pero a ninguno de nosotros se le ocurrió reír. Por el contrario, la expresión de la señorita Trelawny era de pena y horror, pero no a causa de un súbito paroxismo, sino de una idea que tomaba cada vez más cuerpo. Por mi parte, creí oír una voz resonar en mi mente. En realidad, no se trataba exactamente de una voz; antes bien, semejaba el atisbo de un pensamiento, oscuro y profundo, cuyo significado desconocía, pero intuía.