La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Mamá, no hace falta que esté despierto, ¿verdad?
—No, cariño; duerme si quieres.
—Pero, mamá, si me duermo, ¿no dejarás que me cojan?
—¡No, que Dios me ayude! —dijo su madre, con el rostro más pálido y un brillo más fuerte en sus grandes ojos negros.
—Estás segura, ¿verdad, mamá?
—¡SÃ, segura! —dijo la madre, con una voz que la asustó a ella misma, pues parecÃa proceder de un espÃritu interior; y el niño dejó caer la cabecita cansada sobre su hombro y pronto se quedó dormido. ¡Qué fuego y qué ánimo infundieron a sus movimientos el tacto de aquellos cálidos brazos y el suave aliento contra su cuello! TenÃa la impresión de que la fuerza le llegaba en chorros eléctricos desde cada movimiento del niño dormido y confiado. El dominio de la mente sobre el cuerpo es sublime, capaz de hacer inexpugnables la carne y los nervios y de templar con acero los tendones para convertir en poderosos a los débiles.
Pasó vertiginosamente los confines de la granja, del huerto y del bosque; y siguió adelante, dejando un objeto familiar tras otro, sin aflojar el paso, sin detenerse, hasta que el rojo amanecer la encontró en carretera abierta, a muchas millas de cualquier huella de estos objetos conocidos.