La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacÃa falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre. TenÃan los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñÃa perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.
—¿Y bien, Eliza? —preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.
—Buscaba a Harry, señor, si no le importa y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botÃn, que habÃa recogido en la falda de su vestido.
—Pues llévatelo, entonces —dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.
—Por Júpiter —dijo el comerciante, mirándolo con admiración— ¡ése sà que es un buen artÃculo! PodrÃa usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleáns. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.