La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No quiero hacerme rico con ella —dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.
—¡Excelente, señor, de primera! —dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió—: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?
—Señor Haley, ella no está en venta —dijo Shelby—. Mi esposa no se desprenderÃa de ella ni por su peso en oro.
—¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherÃas pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.
—Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no —dijo Shelby con decisión.
—Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? —dijo el comerciante—. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.
—¿Para qué demonios quiere usted al niño? —Dijo Shelby.