La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom La enorme mole verde de hielo sobre la que cayó arfó y crujió al recibir su peso, pero ella no se detuvo ni un momento. Gritando alocada, con una energÃa desesperada, saltó a otra placa y a otra; ¡tropezando, brincando, resbalando, levantándose de nuevo! Sus zapatos han desaparecido, las medias ya no están, huellas de sangre marcan cada paso; pero no vio ni sintió nada hasta que, borrosamente, como en un sueño, vio la orilla de Ohio y a un hombre que la ayudaba a subir por el barranco.
—¡Eres una muchacha valiente, seas quien seas! —dijo el hombre, con un juramento.
Eliza reconoció la voz y el rostro de un granjero que vivÃa cerca de su antiguo hogar.
—¡Oh, señor Symmes, sálveme, por favor, sálveme, escóndame! —dijo Eliza.
—¿Qué ocurre? —dijo el hombre— ¡pero si es la muchacha de Shelby!
—¡Mi hijo, este niño… lo ha vendido! Ahà está su amo —dijo, señalando la otra orilla—. Oh, señor Symmes, usted tiene un hijito.
—Lo tengo —dijo el hombre, al subirla, ruda aunque amablemente, por el empinado barranco—. Además, eres una muchacha muy valiente. Me gusta el coraje, venga de donde venga.
Cuando llegaron a lo alto del barranco, se detuvo el hombre.