La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Gracias a las diferentes demoras, hacía unos tres cuartos de hora que Eliza había acostado a su hijo en la taberna de la aldea cuando llegó el grupo al lugar. Eliza se hallaba de pie mirando por la ventana en otra dirección, cuando el ojo rápido de Sam la captó. Haley y Andy estaban unas tres yardas atrás. Ante la crisis, Sam consiguió que el viento se le llevara el sombrero, por lo que soltó en voz alta una interjección característica que la alertó en el acto; se retiró rápidamente; la cuadrilla pasó delante de la ventana y se acercó a la puerta principal.
A Eliza le dio la impresión de que se concentraron mil vidas en ese instante. El cuarto que ocupaba tenía una puerta que daba al río. Cogió a su hijo y se lanzó escaleras abajo hacia la corriente. El comerciante la vio plenamente en el momento en que desaparecía por el barranco; y, saltando del caballo y gritando a Sam y a Andy, se abalanzó tras ella como un perro tras un ciervo. En ese momento vertiginoso, los pies de Eliza apenas parecían tocar el suelo, y en un momento se halló junto al agua. Ellos la seguían de cerca; ella, armada de esa fortaleza que Dios dispensa sólo a los desesperados, con un grito salvaje y un salto descomunal, pasó por encima de la corriente turbulenta para alcanzar la placa de hielo. Fue un salto desesperado, imposible sin padecer locura o desesperanza; Haley, Sam y Andy gritaron instintivamente, alzando las manos, al verlo.