La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Así habló este pobre kentuckiano medio pagano, al que el no haber recibido instrucción en relaciones constitucionales llevó a actuar de manera casi cristiana, que, si hubiera sido de clase más elevada y mejor enseñado, no se le hubiera permitido.
Haley se quedó viendo asombrado la escena hasta que desapareció Eliza tras el barranco; entonces se volvió hacia Sam y Andy con una mirada interrogativa.
—Esa ha sido una hazaña considerable —dijo Sam.
—¡Creo que esa muchacha lleva los demonios dentro! —dijo Haley—. ¡Ha saltado como un gato salvaje!
—Bueno, pues —dijo Sam, rascándose la cabeza—, espero que el amo nos permita no coger ese camino. Desde luego, yo no me siento lo bastante ágil como para hacer eso, ¡ni hablar! —y Sam soltó una áspera risotada.
—¡Te ríes tú! —dijo el comerciante gruñendo.
—¡Que el Señor le bendiga, amo, no podía remediarlo! —dijo Sam, entregándose a la alegría de su alma, largo tiempo reprimida—. Tenía un aspecto tan curioso… saltando y brincando… el hielo rajándose… ¡bum, paf, plas! ¡Qué saltos! ¡Señor, cómo salta! —y Sam y Andy se rieron hasta que cayeron las lágrimas por sus mejillas.
—¡Ya os haré reír yo! —dijo el comerciante, dándoles en la cabeza con la fusta.