La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —El mismo —dijo Haley—. Ahora, caballeros, ya que nos hemos encontrado con tan buena fortuna, creo que me corresponde convidarles en este establecimiento. Entonces, viejo mapache —dijo al hombre de la barra—, tráiganos agua caliente, azúcar y cigarros y gran cantidad del espÃritu de la vida, y nos divertiremos.
Observen, entonces, a nuestros tres próceres, a la luz de las velas y con un buen fuego ardiendo en la chimenea, sentados alrededor de una mesa repleta con todos los ingredientes ya enumerados, de la buena camaraderÃa.
Haley inició una relación patética de sus cuitas peculiares. Loker calló y le escuchó con atención, ceñudo y desabrido. Marks, que mezclaba, ansiosa y nerviosamente, un vaso de ponche según su peculiar gusto, levantaba de vez en cuando la mirada de su ocupación y escuchaba con gran interés la historia, metiendo la afilada nariz casi en el rostro de Haley. El final de la historia pareció hacerle muchÃsima gracia, pues se sacudieron en silencio sus hombros y sus costados y sus finos labios se distendieron en señal de enorme diversión.
—Asà que le han fastidiado de veras, ¿eh? —dijo—, ¡ji, ji, ji! Y, además, lo han hecho con gracia.
—El asunto de los niños causa muchos problemas en este negocio —dijo Haley con tristeza.