La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Si pudiéramos conseguir una raza de muchachas a las que no les importase su prole —dijo Marks—, les digo que creo que serÃa la mejora más grande de los tiempos modernos y Marks celebró su broma con una risita discreta a modo de introducción.
—Es verdad —dijo Haley—. Nunca lo he entendido; los niños les suponen un montón de problemas; serÃa lógico que se alegraran de deshacerse de ellos, pero no es asÃ. Es más, cuánto más problemático es un hijo y cuánto más inútil, más se aferran a él.
—Bien, señor Haley —dijo Marks—, páseme el agua caliente. SÃ, señor, lo que usted dice es lo que siento yo y todos nosotros. Una vez compré a una muchacha cuando era tratante, una muchacha guapa y era bastante lista además, y tenÃa un hijo muy enfermizo, con la columna torcida o algo asÃ; y se lo di a un hombre que decidió arriesgarse a criarlo, ya que no le costaba dinero; nunca se me ocurrió que la muchacha fuera a protestar, pero, ¡Dios mÃo! Hay que ver cómo se puso. A decir verdad, parecÃa valorar más al niño por ser enfermizo y quejoso y engorroso; y no fingÃa, no: lloró y se lamentó como si hubiera perdido a todos sus amigos. Era muy gracioso verlo. ¡Señor, no hay quién entienda las ocurrencias de las mujeres!