La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —A mà me ocurre lo mismo —dijo Haley—. El verano pasado, allá en el rÃo Rojo, me vendieron a una muchacha con un hijo de bastante buen aspecto, con unos ojos tan brillantes como los de usted; pero, cuando lo miré de cerca, vi que era ciego. Es la verdad, ciego como un topo. Entonces, verán ustedes, pensé que no habÃa nada de malo en darlo sin decir nada, y lo cambié provechosamente por un barril de whisky; pero, llegado el momento de separarlo de la muchacha, ésta se puso como una tigresa. Era antes de ponernos en camino, y no los tenÃa encadenados todavÃa; pues ella se sube encima de una bala de algodón, como un gato, y coge un cuchillo de la mano de uno de los braceros y durante un momento sembró el pánico a su alrededor, hasta que vio que no habÃa nada que hacer; entonces se vuelve y, se tira de cabeza al rÃo, con el hijo en brazos; cayó ¡plas! y nunca salió.
—¡Bah! —dijo Tom Loker, que escuchó estas historias con una aversión apenas reprimida—, ¡son unos inútiles los dos! Mis muchachas no organizan semejantes espectáculos, se lo aseguro.
—¿De veras? ¿Cómo lo consigues? —preguntó vivamente Marks.