La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —¿Conseguirlo? Pues compro a una muchacha y, si tiene un hijo para vender, me acerco a ella y le planto el puño en la cara y le digo: «Oye, tú, si me dices una sola palabra, te romperé la cara. No quiero oír ni una palabra, ni una sílaba». Les digo: «Este niño es mío y no tuyo; no tiene nada que ver contigo. Voy a venderlo a la primera oportunidad; y ¡no me vengas con ningún escándalo al respecto o te haré desear que no hubieras nacido!». Les aseguro que se dan cuenta de que no hay nada que hacer conmigo. Las tengo tan calladas como los peces; y si a una de ellas se le ocurre soltar un grito, pues… —y el señor Loker dio un golpe con el puño que explicaba perfectamente la interrupción.
—Eso se puede llamar énfasis —dijo Marks, dándole a Haley en el costado y soltando otra risita—. Tom es único, ¿eh? ¡ji, ji! Creo, Tom, que tú consigues que entiendan que todas las cabezas negras son lanudas. Nunca dudan de tus intenciones, Tom. Si no eres el diablo, Tom, eres su hermano gemelo, ¡ya lo creo!
Tom tomó el cumplido con la debida modestia y adoptó un aspecto tan afable como era consistente, en palabras de John Bunyan[9], «con su naturaleza perruna».
Haley, que consumía liberalmente la materia prima de la noche, empezó a sentir un aumento y una elevación de sus facultades morales, fenómeno no poco frecuente en caballeros de condición seria y reflexiva en circunstancias similares.