La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bueno, bueno, Tom —dijo—, es usted terrible, como siempre le he dicho; ¿se acuerda, Tom? Usted y yo solÃamos hablar de estas cuestiones en Natchez, y yo solÃa demostrarle que ganábamos lo mismo, y nos hacÃamos igual de ricos, tratándoles bien, además de tener más posibilidades, cuando llegue lo inevitable y no quede nada más, de ir al reino de los cielos.
—¡Bah! —dijo Tom—. ¡Si lo sabré yo! No me ponga enfermo con sus tonterÃas, que ya tengo el estómago revuelto y Tom se tragó medio vaso de coñac puro.
—Bueno —dijo Haley, echándose atrás en el sillón y gesticulando de forma impresionante—, yo digo que siempre he querido llevar el negocio para ganar dinero, en primer lugar, como cualquiera; pero el negocio no lo es todo, pues todos tenemos alma. No me importa quién me oiga decirlo; pienso mucho en ello, asà que lo voy a decir sin más. Creo en la religión y, un dÃa de éstos, cuando tenga todos los asuntos bien atados, pienso atender a mi alma y esas cuestiones; asà que, ¿para qué hacer más maldades de las necesarias? A mà no me parece nada prudente.
—¿Atender a su alma? —repitió, desdeñoso, Tom—, habrÃa que tener buenos ojos para encontrarle alma a usted, ahórrese las molestias de buscarla. Si el diablo le pasara por una criba fina, no encontrarÃa un alma.