La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —Vaya, Tom, se ha enfadado —dijo Haley—; Âżpor quĂ© no lo toma usted de buen grado, si hablo por su bien?
—Detenga esa mandĂbula suya, pues —dijo Tom, arisco—. Puedo aguantar toda su charla menos la religiosa, Ă©sa me da asco. DespuĂ©s de todo, ÂżquĂ© diferencia hay entre usted y yo? No es que usted se preocupe ni un átomo más, ni que tenga más sentimientos; es mezquindad pura y simple; quiere engañar al diablo para salvarse el pellejo; yo le veo el plumero. Y esta religiĂłn, como usted la llama, es demasiado para cualquier criatura creĂ©rselo. ¡Toda la vida acumulando una deuda con el diablo, para escabullirse a la hora de pagar! ¡Bah!
—Calma, caballeros, por favor; esto no son negocios —dijo Marks—. Saben ustedes que hay diferentes maneras de ver todas las cosas. El señor Haley es un hombre muy agradable, sin duda, y tiene su propia conciencia; y tú, Tom, también tienes tu propia manera de hacer, y muy buena, Tom; pero reñir, saben, no conduce a ninguna parte. Hablemos de negocios. Bien, señor Haley, ¿qué es lo que pretende? ¿Quiere que nos comprometamos a coger a esta muchacha?
—La muchacha no es asunto mĂo, ella es de Shelby; sĂłlo el niño. ¡QuĂ© tonto fui al comprar al diablillo!
—Suele ser tonto —dijo Tom, hosco.