La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Verá usted —dijo Marks a Haley, removiendo el ponche al mismo tiempo—, verá usted, tenemos jueces en muchos puntos de la ribera, que hacen trabajitos de los que nos convienen a nosotros sin demasiados problemas. Tom se encarga de regatear y todo eso; después yo llego todo arreglado, las botas relucientes y todo de primera, a la hora del juramento. TendrÃa que ver —dijo Marks, enardecido de orgullo profesional— cómo doy el pego. Un dÃa, soy el señor Twickenham de Nueva Orleáns; otro dÃa, acabo de llegar de una plantación en el rÃo Pearl, donde tengo setecientos negros trabajando para mÃ; otra vez, soy pariente lejano de Henry Clay[10], o cualquier viejo importante de Kentucky. Las personas tenemos diferentes talentos. Por ejemplo, Tom es estupendo cuando hay que golpear o pelear; pero, en cambio, no sirve para mentir; no lo hace con naturalidad; pero, si hay un hombre en el paÃs capaz de jurar cualquier cosa del mundo, añadiendo detalles y toques realistas con cara muy seria, que sea más convincente que yo, me gustarÃa verlo, ya lo creo. Estoy convencido de que conseguirÃa mi propósito aunque los jueces fueran más cuidadosos de lo que son. A veces hasta quisiera que fuesen más cuidadosos, pues serÃa más satisfactorio mi trabajo, más divertido, sabe usted.