La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Tom Loker, que, como hemos dado a entender, era un hombre lento de pensamientos y de movimientos, interrumpió a Marks en este punto dejando caer pesadamente el puño sobre la mesa, haciendo tintinear las copas. —¡Ya basta! —dijo.
—¡Dios te proteja, Tom! ¡No hace falta que rompas todos los vasos! —dijo Marks—. Guarda los puños para un momento de necesidad.
—Pero, caballeros, ¿no me va a corresponder una parte de las ganancias? —preguntó Haley.
—¿No le basta que le cojamos al niño? —dijo Loker—. ¿Qué más quiere?
—Pero —dijo Haley— si les proporciono el trabajo, debe valer algo, quizás un diez por ciento de los beneficios, una vez pagados los gastos.