La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bueno, ama, el Señor cuida de los suyos. Lizy ha cruzado el rÃo hasta Ohio, de manera tan espectacular como si el Señor la hubiese transportado en un carro de fuego con dos caballos.
La vena beata de Sam siempre se agudizaba sobremanera en presencia de su ama, y se servÃa liberalmente de figuras e imágenes de las Sagradas Escrituras.
—Sube aquÃ, Sam —dijo el señor Shelby, que habÃa seguido a su esposa al porche—, y cuéntale a tu ama lo que desea saber. Anda, anda, Emily —dijo, rodeándola con el brazo—, tienes frÃo y estás temblando; te dejas impresionar demasiado.
—¡Impresionar demasiado! ¿Acaso no soy mujer y madre? ¿No somos responsables los dos ante Dios de esta pobre muchacha? ¡Dios mÃo! No nos adjudiques este pecado.
—¿Qué pecado, Emily? Tú misma debes ver que sólo hemos hecho lo que nos hemos visto obligados a hacer.
—Tengo una terrible sensación de culpa, que, sin embargo —dijo la señora Shelby—, la razón no logra desvanecer.
—¡Vamos, Andy, negro, espabÃlate! —gritó Sam desde debajo del porche—, lleva los caballos al establo; ¿no oyes cómo llama el amo? y enseguida se presentó Sam con la hoja de palmera en la mano en la puerta del salón.