La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Sam estaba de muy buen humor y expresaba su júbilo mediante toda suerte de aullidos y exclamaciones sobrenaturales, y varios extraños movimientos y contorsiones del cuerpo entero. A veces se sentaba al revés, con la cara vuelta hacia la cola del caballo y, con un hurra y una voltereta, se volvía a colocar del derecho y, poniendo una cara muy seria, se ponía a sermonear a Andy con un tono altisonante por reírse y hacer el tonto. Luego, golpeándose los costados con los brazos, rompía a reír con unas carcajadas que resonaban en los bosques a su paso. Con todas estas maniobras, consiguió mantener los caballos a la máxima velocidad hasta que, entre las diez y las once, chacolotearon sus pasos en la gravilla del extremo del balcón. La señora Shelby acudió veloz a la barandilla.
—¿Eres tú, Sam? ¿Dónde están?
—El señor Haley está descansando en la taberna; está muy fatigado, ama.
—¿Y Eliza, Sam?
—Ella está al otro lado del Jordán. Como si dijéramos, en la tierra de Canaán.
—Oh, Sam, ¿qué quieres decir? —preguntó la señora Shelby, sin aliento y casi desmayada al darse cuenta del posible significado de estas palabras.