La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —El Señor proveerá —dijo Sam, haciendo girar los ojos de manera pÃa—. Como iba diciendo, esto ha sido la providencia, ya lo creo, tal como siempre nos lo ha explicado el ama. Siempre hay instrumentos que se ponen a cumplir la voluntad de Dios. Pues hoy, si no llega a ser por mÃ, la hubieran apresado una docena de veces. Porque ¿no he sido yo quien ha vuelto locos a los caballos esta mañana, y quien los ha tenido correteando hasta la hora de comer? ¿Y no he llevado al señor Haley a cinco millas de la carretera buena esta tarde? que, si no, hubiese cogido a Lizy tan rápido como un perro coge un mapache. Todas estas cosas son providencias.
—Tendrás que usar poco este tipo de providencias, señorito Sam. No permitiré que se utilicen estas estratagemas con ningún caballero en mi casa —dijo el señor Shelby, todo lo serio que pudo ponerse, dadas las circunstancias.
Es tan inútil hacer creer a un negro que uno está enfadado como a un niño; ambos ven instintivamente la verdad del caso, a pesar de todos los esfuerzos por mostrarles lo contrario; por lo tanto, a Sam no le descorazonó en absoluto esta reprimenda, aunque adoptó un aire de lastimosa gravedad y se quedó con una expresión compungida de penitencia.