La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡No, no, Mary, nada de medicinas! Una taza de tu buen té casero y un poco de vida familiar es lo único que quiero. ¡Legislar es una ocupación cansada!
Y sonrió el senador como si le hiciera gracia la idea de sacrificarse en bien de su paÃs.
—Bien —dijo su esposa, una vez hubo amainado un poco la actividad de la mesa—, ¿qué habéis estado haciendo en el Senado?
Era una cosa bien rara que la bondadosa señora Bird se calentase la cabeza sobre qué ocurrÃa en la casa del estado, ya que consideraba, muy sensatamente, que tenÃa bastante con los asuntos de la suya propia. Por lo tanto, el señor Bird, sorprendido, abrió mucho los ojos y dijo:
—Nada de gran importancia.
—Bien; pero ¿es verdad que han aprobado una ley prohibiendo a la gente dar de comer y beber a las pobres personas de color? He oÃdo decir que pensaban hacer una ley asÃ, ¡pero no creà que ninguna legislatura cristiana fuera a aprobarla!
—¡Vaya, Mary, te estás convirtiendo en polÃtico de repente!
—¡TonterÃas! Me importa un comino toda tu polÃtica en general, pero esto me parece una cosa muy cruel y poco cristiana. Espero, querido, que no se haya aprobado semejante ley.