La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom En el que parece que el Senador es solo humano
La luz de un fuego alegre iluminaba la alfombra de una sala acogedora y refulgÃa en las tazas de té y la tetera bruñida mientras el senador Bird se quitaba las botas para introducir los pies en un hermoso par de zapatillas nuevas, que le habÃa hecho su esposa cuando él se encontraba ausente en circuito senatorial. La señora Bird, que tenÃa aspecto de estar encantadÃsima, supervisaba los preparativos de la mesa y dirigÃa comentarios exhortativos de vez en cuando a unos cuantos jovencitos juguetones que se entregaban a todas aquellas modalidades de inenarrables cabriolas y travesuras que han consternado a las madres desde el diluvio universal.
—¡Tom, sé bueno y deja en paz el picaporte! ¡Mary, Mary, no tires de la cola del gato, pobre minino! ¡Jim, no debes subirte a esa mesa, no, no! No sabes, querido, qué sorpresa nos has dado presentándote aquà esta noche —dijo por fin, cuando encontró un hueco para dirigirse a su marido.
—SÃ, sÃ, se me ocurrió hacer una escapadita para pasar la noche y disfrutar de la comodidad del hogar. ¡Estoy muerto de cansancio y me duele la cabeza!
La señora Bird miró una botella de alcanfor que se veÃa tras la puerta entornada del armario y parecÃa meditar la posibilidad de acercarse a ella, pero se interpuso su buen esposo.