La Cabaña del tío Tom

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Capítulo IX

En el que parece que el Senador es solo humano

La luz de un fuego alegre iluminaba la alfombra de una sala acogedora y refulgía en las tazas de té y la tetera bruñida mientras el senador Bird se quitaba las botas para introducir los pies en un hermoso par de zapatillas nuevas, que le había hecho su esposa cuando él se encontraba ausente en circuito senatorial. La señora Bird, que tenía aspecto de estar encantadísima, supervisaba los preparativos de la mesa y dirigía comentarios exhortativos de vez en cuando a unos cuantos jovencitos juguetones que se entregaban a todas aquellas modalidades de inenarrables cabriolas y travesuras que han consternado a las madres desde el diluvio universal.

—¡Tom, sé bueno y deja en paz el picaporte! ¡Mary, Mary, no tires de la cola del gato, pobre minino! ¡Jim, no debes subirte a esa mesa, no, no! No sabes, querido, qué sorpresa nos has dado presentándote aquí esta noche —dijo por fin, cuando encontró un hueco para dirigirse a su marido.

—Sí, sí, se me ocurrió hacer una escapadita para pasar la noche y disfrutar de la comodidad del hogar. ¡Estoy muerto de cansancio y me duele la cabeza!

La señora Bird miró una botella de alcanfor que se veía tras la puerta entornada del armario y parecía meditar la posibilidad de acercarse a ella, pero se interpuso su buen esposo.


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