La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom La señora Bird era una mujercita tÃmida y vergonzosa de unos cuatro pies de altura, con mansos ojos azules, un cutis de melocotón y la voz más dulce y suave del mundo; en cuanto a valor, era bien sabido que un pavo la podÃa asustar al primer graznido y que un simple perro casero la subyugaba nada más enseñarle los dientes. Su marido y sus hijos eran todo su mundo, y reinaba sobre ellos más con súplicas y persuasión que mandando o riñendo. Sólo una cosa era capaz de excitarla y era una provocación contra su naturaleza inusitadamente dócil y compasiva: cualquier cosa que se aproximaba a la crueldad le despertaba un apasionamiento aún más alarmante e inexplicable por la suavidad habitual de su carácter. Aunque generalmente era la madre más complaciente y fácil de convencer del mundo, sus hijos recordaban con respeto un castigo ejemplar que les habÃa impuesto una vez porque los encontró conchabados con varios niños desvergonzados del vecindario tirando piedras a un gatito indefenso.
—¿Sabes qué? —solÃa contar el señorito Bill—, estaba asustado en esa ocasión. Madre vino hacia mà de tal forma que la creà loca, y me zurró y mandó a la cama sin cenar antes de que pudiera saber qué habÃa pasado; y después la oà llorar en mi puerta, lo que me hizo sentir peor que lo demás. ¿Sabes qué? —decÃa— ¡nosotros no volvimos a tirar piedras a un gato jamás!