La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom En esta ocasión, se levantó rápidamente la señora Bird con las mejillas encendidas, cosa que mejoró considerablemente su aspecto general, se acercó a su marido con aire resuelto y le dijo con tono decidido:
—Bien, John, quiero saber si tú crees que semejante ley es correcta y cristiana.
—No me matarás si digo que sÃ, ¿verdad?
—Nunca lo hubiera creÃdo de ti, John; ¿no lo habrás votado tú?
Asà es, mi bello polÃtico.
—¡Vergüenza deberÃa darte, John! ¡Pobres criaturas sin hogar! Es una ley malvada, ultrajante y abominable y yo, por mi parte, la quebrantaré a la primera oportunidad que tenga; y ¡espero tener oportunidad, de veras que lo espero! ¿Adónde irán a parar las cosas si una mujer no puede ofrecer una cena caliente y una cama a unas pobres criaturas hambrientas por el mero hecho de ser esclavos, y que hayan abusado de ellos y los hayan oprimido toda su vida? ¡Pobres!
—Pero, Mary, escúchame. Tus sentimientos son buenos, querida, e interesantes, y yo te quiero por tenerlos; pero, querida, no debemos dejar que nuestros sentimientos dominen nuestro juicio; debes considerar que son sentimientos privados y aquà se trata de intereses públicos; existe tal estado de agitación pública, que debemos relegar nuestros sentimientos privados.